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lunes, 9 de noviembre de 2009

Sobre "Nunca"

"Nunca" es un curioso caso de relato en primera persona en el que el personaje habla a modo de confesión, pero no le habla al lector directamente, cosa que lo diferencia del modelo clásico de relato en primera persona, sino que habla a un segundo interlocutor que no participa, aunque se hace notar de forma sutil. El lector permanece anónimo. Es un diálogo en el que sólo se oye una voz. La sensación es la de haber leído una historia contada por terceros pero sin la voz del tercero o, incluso, la de haber presenciado una conversación de forma casual. Con esto sale ganando el carácter intimista del relato.

El tiempo del relato es el presente. Se utiliza la exposición del estado anímico del personaje como excusa para contar la historia, sin embargo, las menciones al pasado son breves y con poco detalle, para no perder nunca la noción del presente, cosa que aviva la impresión de estar presenciando una confesión. Es una historia que, por decirlo de algún modo, se comprende sin que realmente se narre.

Este tipo de relato, con ser poco frecuente, no es sin embargo nada nuevo. Juan Rulfo lo utilizó ya en "Luvina" de forma magistral con ciertas intervenciones de un narrador, pero también sin alusiones al lector y con una sola voz en la conversación. Aunque es posible que Rulfo no fuera el primero en utilizar esta técnica, sí es, seguramente, el caso más notorio de los que ha habido y es él quien lo ha dado a conocer mundialmente.

En comparación con "Luvina", "Nunca" carece de referencias al entrono (en el caso de "Luvina" el diálogo se da en un bar con ruidos de niños fuera, se nombra la cerveza, al camarero, se habla de la luz del día y de los comejenes chocando con las bujías...). Esa carencia de elementos visuales hace menos palpable la imagen del escenario, cosa en la que "Nunca" sale perdiendo. Por otro lado se favorece así la brevedad del relato centrando la atención en los puntos fundamentales: la historia en pasado y el estado del personaje.

La confesión falla, quizás, en su final, donde se pierde la conexión del personaje con el interlocutor tratando de buscar un final rotundo y emotivo, pero estropeando así la intimidad del narrador y el "anonimato" del lector.

viernes, 23 de octubre de 2009

Pedro Páramo

Me acaban de regalar "Pedro Páramo" de Juan Rulfo. Un libro que llevo más de diez años queriendo leer. Comencé a leerlo siendo estudiante en La Casa del Libro de Sevilla, pero no me lo podía comprar. Leí algunas páginas más la siguiente vez que volví y pronto cayó en mis manos un ejemplar de "El Llano en Llamas", el otro libro de Rulfo. (Si, curiosamente, salvo un guión para cine sólo escribió esos dos libros). "El llano en llamas" está en mi lista de libros favoritos en el perfil de este blog. Cuando lo terminé, decidí que debía leerlo más gente, así que lo convertí en libro viajero escribiendo en la primera página una maldición para el que se lo quede y se lo regalé a un Colombiano con el que compartía piso en Alemania por aquel entonces (un fan incondicional de Gabriel García Márquez).

¿Qué pasará con éste? Este me lo quedaré. Es un regalo de cumpleaños (muy atrasado, ya había olvidado que me habían dicho que me lo regalarían) y está dedicado. Así que para mí.

Ahora viene mi dilema: Últimamente no saco mucho tiempo para leer y me encuentro a mitad de un libro larguísimo ("El Idiota", un clásico, de F. Dostoyevsky). Nunca fui bueno para llevar dos libros a la vez y ahora es peor porque leo menos... ¿Seré capaz de esperar a terminar "El Idiota" antes de empezar con "Pedro Páramo"? El problema es que si no espero, voy a perder el hilo del ruso y se me va a alargar demasiado. Sería una pena estropear por falta de paciencia un libro tan bueno y que estoy disfrutando tanto.

Creo que me pondré la máscara de caballero Jedi y me diré a mí mismo: "la paciencia, joven padawan, madre de sabiduría es".

La entrada de hoy es muy literaria, así que creo que la voy a copiar y publicarla en avicena 13.

Os recomiendo "El Idiota" y ya os recomendaré "Pedro Páramo" cuando lo lea. Y por supuesto, que la fuerza os acelere.